
Loly estaba muy triste porque no tenía amigos. Pasaba todo el tiempo con humanos que no le entendían. Vivía con sus dueños. Ellos se llamaban Ángela y Luis. La minina adoraba a sus dueños, pero aún se sentía sola. Un día, Loly estaba muy triste y no deseaba comer. Ángela y Luis notaron que estaba mal. Ángela le preguntó:
- ¿Qué te pasa, Loly?
La gatita con mucha tristeza se le quedo viendo bajando su mirada, dijo:
- ¡Miau, miau…….!
Ángela al verla tan desanimada, sin ganas de jugar, propuso a Luis llevarla al parque. Luis pensando, que era buena idea, dijo:
- ¡Tienes razón eso hará que se sienta mejor y le gustará!
- Respondió, Ángela - ¡Está bien! ¡Esta tarde iremos!
En la tarde Loly, Ángela y Luis salieron al parque. La minina iba un poco sin ganas de ir con ellos. En el parque, la gatita se sintió más libre y quería jugar. A lo lejos se encontraba un gato. Era negro como un carbón, sus ojos como el color de la miel. La minina acercándosele con mucho miedo, pues no sabía cómo reaccionaría el gatito, le preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
El gato respondió un poco grosero.
- ¡Me llamo Juan!, pero para mis amigos soy Juancho.
Loly decidió mejor no hablarle más, pues había sido muy pésimo con ella. La minina se alejó un poco de Juan. Cuando Juan vio que se iba le dijo:
- ¿Para dónde vas? –preguntó.
- ¡A dónde no pueda molestarte!
- Perdón, dijo el gato arrepentido: - ¡Disculpa no fue mi intención! ¡Lo siento!
La gatita decidió quedarse. Juan le contó que no tenía amigos y se sentía solo, así como también le estaba pasando a Loly, le dijo que no había querido ser grosero, pero crecía que no iba a ser su amiga o solo buscaba molestarlo. Loly le explicó la situación similar que le estaba pasando. Ella se alegró haber encontrado a alguien que si la comprendiera y supiera lo que ella sentía. Siguieron hablando y comentando como se sentía con sus dueños y ahora que se había encontrado serían amigos para siempre. De pronto, la gatita le dijo:
- ¡Bueno vamos a jugar! ¡Divirtámonos!
- ¡Claro que sí!, respondió muy contento Juan.
Desde ese momento Juan y Loly fueron muy amigos. Todos los días, se quedaban de ver en el parque a la misma hora para jugar. Fueron muy felices porque al fin encontraron con quien compartir y así no se sentirían nunca más solos.




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